QUERERSE A UNO MISMO

Solo hay que desnudar el alma y aceptarla

Hoy me he levantado consejero. Existen muchos días en los que me apetece expresarle al mundo cómo me siento. Suele pasarle a todo el mundo, no me considero especial por ello. Pero ya que tengo este blog para contarte muchísimas cosas acerca de mis gustos, mis trabajos o mis pensamientos, aquí viene una ración de lo último. Hoy me voy a desnudar de una forma bastante diferente a lo que suelo contar en mi blog personal, pero así me siento hoy y me apetece que me conozcas un poquito más. Probablemente tenga que dividir este post en dos partes, para que no sea demasiado largo.

Quiero dejarte claro antes de que sigas leyendo, que no soy psicólogo, y que aunque todo lo que te voy a contar es una experiencia personal, creo que se puede aplicar a cualquiera que desee intentarlo. Puede que te funcione o puede que no, pero al final, mi experiencia con todo esto ha sido positiva. Así que, ¿por qué no compartirla?

Siempre he sido una persona alegre, divertida, con ganas de hacer reír a los demás, no excesivamente cariñoso a nivel táctil (no soy de abrazos ni besos en exceso), pero sí a nivel emocional. Me he considerado una buena persona, nada vengativo ni rencoroso. Difícil de hacer enfadar y muy sentimental y enamoradizo. Pues todo eso, aunque sigue siendo verdad a día de hoy, no había sido más que una fachada durante prácticamente toda mi vida. Una máscara creada para ocultar mi realidad.

Como sabes, soy actor y escritor. Tras un parón laboral en el tema teatral, volví a subirme a un escenario en el 2020, meses antes de la pandemia. Fueron meses de duro trabajo, intentando demostrar a los demás que todavía era capaz de ser un personaje sobre la escena. Que era capaz de hacer sentir a los espectadores lo mismo que mi personaje sentía. Debía hacerlo, porque era lo que quería. Ese año, trabajé en tres espectáculos diferentes que se estrenaron uno detrás de otro. Tres historias completamente diferentes las unas de las otras. Ensayaba de lunes a viernes desde las cuatro hasta las diez. Una tras otra. Era mi sueño, volver a subirme a un escenario. Y lo hice. Y lo disfruté. Pero no era feliz. Trataba de aceptar todos los elogios. Igual que cuando publiqué mi primera novela. Trataba de asumir aquellas buenas críticas, pero nunca me las creía. Sentía que eran comentarios hechos por lástima a aquel chico al que nadie dice nada. Y me creí todo aquello. Y lo hice mi realidad absoluta. Como había hecho toda mi vida.

Descubrí que no era capaz de ver los videos de mis espectáculos o de mis entrevistas, no porque fuera demasiado crítico conmigo mismo, sino porque la persona que veía en aquella pantalla me desagradaba. No me gustaba quién era, cómo sonaba mi voz. Ese conjunto, aunque suene duro, me repugnaba. Dejé de mirarme al espejo, porque no me gustaba lo que veía. Me afeitaba mirando directamente mi barba, sin mirarme a los ojos. Llegó un momento en mi vida en el que no me gustaba nada de mí. Pero no lo sabía. Era otra rutina que había creado a mi alrededor. No pararme a pensar en mí. Ni en lo que sentía por mí. Vivir con ese desapego a mi cuerpo y esconderlo tras risas, bromas y payasadas. El payaso de turno, como siempre.

No lo llegué a entender hasta que me senté en una consulta con un psicólogo que rascó en mí, para descubrir que nunca me había querido a mí mismo. Esa fachada de chico divertido, era la máscara que había fabricado durante tanto tiempo, porque yo sentía que no valía para otra cosa. Solo podía ser el payaso del grupo. Feo, a veces gordo, a veces delgado, con voz aguda, nariz aguileña… Cualquier crítica era válida, para demostrarme a mí mismo que nunca podría aspirar a ser nada más que no fuera el bufón de un reino que me había anulado completamente. Un reino que yo mismo había fabricado a mi alrededor, donde todo el mundo era mejor que yo. Yo era el peor actor, el más feo, el peor escritor, un mal trabajador, yo era menos que cualquiera. Y vivía siempre mirando hacia arriba, observando al resto del mundo, sabiendo que nunca llegaría a estar a su altura. Todos eran mejores que yo. Todo lo que yo hacía carecía de importancia. Todos mis logros eran inferiores a los del resto. Y eso me hizo pequeñito. Muy pequeñito, casi invisible.

Pero vivía feliz. Al menos eso creía yo. Porque lo había hecho una constante en mi vida, y se había asentado en mi cabeza y en mi corazón. Toda esa mentira me había dominado, me la había creído y la aceptaba. Esa era mi vida. Eso es lo que me había tocado vivir. Ser al que nadie presta atención. Solo cuando había que echarse unas risas. Con el tiempo descubrí que esa era mi percepción de mi propia vida. Que mi entorno siempre creyó en mi valía ante el mundo, aunque yo no les creyera a ellos cuando me lo decían. Pero aprendí a cambiar todo eso…

Y hasta aquí la primera parte de este post, que continuaré la semana que viene.

¡Sé feliz porque te lo mereces!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: